El argumento
Lewis propone tres interpretaciones sobre Jesús y su
ministerio. O bien Jesús era quien decía ser (Dios, o el Hijo de Dios), o bien
no lo era. En este segundo caso, o bien Jesús era consciente de que estaba
mintiendo, o bien estaba convencido de lo que decía y estaba loco. Las opciones,
excluyentes, son por lo tanto: Mentiroso, Lunático o Señor (o en inglés, con
una gratuita aliteración: Liar, Lunatic, Lord). Lewis señala que incluso
quienes no creen en la divinidad de Jesús están dispuestos a aceptar que era
“un gran maestro moral”. Pero esta visión es inconsistente, ya que alguien que
dijera las cosas que Jesús decía (por ejemplo, que era capaz de perdonar los
pecados, que existía antes que Abraham, etc.) sin ser verdaderamente Dios sólo
podía ser un loco. Sin embargo, en contradicción con tales afirmaciones
megalómanas, el carácter de Jesús nos parece sincero y humilde. Para Lewis,
finalmente, resulta obvio que Jesús no era ni un lunático ni un mentiroso, y
sólo la última opción, por inverosímil que parezca, puede resultar cierta. Nos
insta, entonces: “Escarnécele como a un insensato, escúpelo y mátalo como a un
demonio; o cae a sus pies y proclámalo como Señor y Dios”
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| Esquema del argumento (clic para ver la fuente) |
Las objeciones
1- El primer punto débil del argumento es su dependencia
del texto bíblico. Para que el trilema funcione, debemos presuponer que (a)
Dios existe; (b) la Biblia es la palabra de Dios. Incluso si, a partir del argumento moral, dedujéramos que (a) es cierto, no
habría motivos para suponer (b). Lewis debería demostrar, y no lo hace, la
integridad del texto bíblico, dando cuenta de sus muchas y flagrantes
contradicciones. Por ejemplo, los cuatro evangelios a menudo nos presentan
versiones irreconciliables de distintos sucesos en la vida de Jesús. En tanto
estas divergencias no puedan ser explicadas, debemos elegir la opción más
sencilla: que las incoherencias de la Biblia se deben a que fue escrita por
seres humanos, y como tal es falible y ha estado expuesta a múltiples
modificaciones a lo largo de los siglos.
2- Incluso si el texto bíblico fuera completamente
confiable, no podríamos saber si Jesús creía de verdad ser Dios. En ningún
lugar del Nuevo Testamento lo afirma explícitamente, aunque haya pasajes en que parece sugerirlo (y que tienden a interpretarse a partir de una teología posterior, inimaginable en la época de la redacción de los evangelios, y menos aún en vida de Jesús).
3- ¿De verdad existen nada más que tres opciones? Evidentemente
puede haber muchas más. Jesús podría haber estado simplemente equivocado,
podría, por ejemplo, haber malinterpretado una experiencia mística privada como
un signo de que él era Dios (sin por ello ser mentiroso, ni loco, ni,
finalmente, Dios). O podría haber declarado ser “Dios” en el mismo sentido que
lo haría un panteísta: según esa cosmovisión, todo y todos somos parte de Dios.
4- Incluso las restantes opciones son posibles, si hemos de
juzgarlas a partir del texto bíblico. Lewis afirma que no podemos sostener que
Jesús fue un lunático y, al mismo tiempo, un gran maestro moral. Pero si
aceptamos que sus afirmaciones sobre la moral son verdaderas, podríamos
aceptarlas incluso en abstracto; es decir, incluso sin saber quién las dijo. El
hecho de que Jesús fuera un loco o un mentiroso no desmerecería tales afirmaciones
(esto sería una falacia ad hominem).
Tampoco nos serviría, de tenerla, la íntima convicción de que Jesús decía la
verdad, pues nos llevaría a un razonamiento circular. La navaja de Ockham, en
este caso, favorece cualquier opción salvo la que finalmente elige Lewis.
Incluso el autor asume su carácter extraño y misterioso. Son más los problemas
derivados de la presunta divinidad de Jesús que los que ésta nos permite
resolver. En dos mil años, de hecho, los teólogos no han podido ponerse de
acuerdo en torno a la auténtica naturaleza de Cristo, el carácter de sus
enseñanzas, y el significado de su ministerio. Derivado de esto último, es al
extremo inverosímil que un Dios perfecto haya ejecutado un plan tan imperfecto:
una revelación tan sesgada, tan ambigua y abierta a tantas interpretaciones,
cuando de ella, supuestamente, depende el destino de la humanidad.
(Por último: “Escarnécele como a un insensato, escúpelo y
mátalo como a un demonio; o cae a sus pies y proclámalo como Señor y Dios”. La
frase de Lewis es un vil chantaje. ¿Acaso todos los que no estamos dispuestos a
“caer a sus pies” estamos obligados a ser malas personas? ¿Acaso la única
manera de tratar con un loco o un insensato es matarlo? Me rehúso, como no creyente, a aceptar esta falsa dicotomía.)
