El libro de Lewis tiene la virtud de presentarnos un
cristianismo más cercano a las bases, asumiendo los aspectos más problemáticos
de la fe en lugar de morigerarlos con elaboraciones filosóficas. Admite, por
ejemplo, que “si Dios es como la ley moral, no es un dios suave”, y que su
bondad, en todo caso, está en su capacidad de perdonar. Pero Lewis no rechaza
la imagen antropomórfica de un Dios capaz de encolerizarse, que es la que más
fácilmente se deriva de las escrituras. La ley de Dios debe ser dura como él, y
a Lewis no lo avergüenza en absoluto decir que, por ejemplo, “hoy no ejecutamos
a las brujas porque nos creemos en ellas”, pero que, si existieran, “nadie
merecería más la pena de muerte que esas sucias traidoras” (!).
Como va quedando
claro, para el autor el cristianismo es y debe ser una religión combativa. Dios
tenía un plan claro con el universo, afirma Lewis (y sin embargo, es incapaz de
decirnos cuál era), pero las cosas se salieron de cauce. Ahora estamos en medio
de una guerra cósmica entre el bien y el mal (representado por Satanás), y la
humanidad oscila entre la salvación y la perdición. orque el demonio fue capaz
de insertar en la mente de nuestros ancestros la idea de “que podían ser como
Dios”, y sin embargo Dios, el todopoderoso, no es capaz de revertir esa idea,
presuntamente para no interferir con el libre albedrío.
Pero su proceder, tal como lo pinta Lewis (y como la Biblia
nos permite suponer que fue), resulta, no obstante, patéticamente inefectivo. Dios,
en primer lugar, nos dio conciencia; luego envió “buenos sueños” a los salvajes,
y finalmente eligió un pueblo y les “martilleó” la idea de que “él era el único
y que le gustaba el buen proceder”. El problema de todo este razonamiento es
que nosotros, sin ser perfectos, podemos imaginar muchas alternativas más
simples y más eficaces. Dios podría haberse mostrado, por ejemplo, podría
haberse aparecido todos los días y a todos; podría, como señaló Carl Sagan,
haber escrito los diez mandamientos en la Luna. Todas estas no son maneras de interferir con el
libre albedrío, porque de otra forma lo serían, también, los “buenos sueños”, y
el “martilleo” que le propinó a su pueblo elegido. ¿Y por qué, ya que estamos,
elegir a un solo pueblo? Esto sólo tiene sentido si suponemos que las fuerzas
de Dios son moderadas y necesita concentrarse sólo en un grupo humano o incluso
en algunos individuos (los profetas).
Además, nadie es capaz de decirnos por qué el libre
albedrío es un valor irrenunciable, cuando lo que se juega es la condena
eterna. Digamos: si un padre ve que su hijo está a punto de saltar por una
ventana, ¿qué hace? ¿Salvarlo, y después explicarle los riesgos de tal curso de
acción? ¿O tratar de disuadirlo con indirectas, pero privilegiar su libre
decisión de tirarse? La analogía nos sugiere otra cosa: la decisión no es en
absoluto libre para alguien que, como un niño, no es consciente de todos los
riesgos que esta implica. Lo cierto es que, incluso si Dios existe, no tenemos
evidencia suficiente para suponer que es así. Nuestra “decisión” de no creer no
puede ser un ejercicio del libre albedrío si resulta que, a fin de cuentas,
sólo estamos desinformados.
Hombres como Lewis, sin embargo, consideran que la
evidencia a favor de Dios es más que suficiente, y que la opción por el ateísmo
(o por las religiones no cristianas) es equiparable a una decisión moral. A
diferencia de otras religiones, nos explica el autor, para el cristianismo el
pecado central es el orgullo, que aparta al hombre de su creador, y lo lleva a
pensar que puede tener alguna felicidad sin él. El razonamiento, en este punto,
se torna circular. Porque, si aparentemente sólo a partir de Dios podemos saber
lo que está bien y mal, si estamos apartados de Dios, ¿cómo podríamos a priori
reconocerlo como el bien? Sólo si invariablemente partiésemos del teísmo
cristiano, como realidad evidente, y nos desviáramos de ella a conciencia, estaríamos
cometiendo un mal al no creer. No obstante, no hay buenos motivos para suponer
que el cristianismo deba ser nuestra cosmovisión por default, aunque Lewis intenta convencernos de que sí.
Para el cristiano, dice el autor, la razón es tan
importante como la fe, pues “la batalla es entre la fe y la razón por un lado,
y la imaginación y las emociones por otro”. Pero el dúo dinámico propuesto por
Lewis podría lo mismo llevarnos al islam, al panteísmo, a una versión distinta
del cristianismo, o a cualquier otra cosmovisión. La fe podría sustentar
cualquier creencia, por absurda que fuese; el uso de la razón, por otra parte,
está limitado por factores subjetivos, por nuestra capacidad intelectual y por
la información que tenemos disponible. De aquí se deduce que cualquier buscador
de la verdad, incluso si es sincero, incluso si desea acercarse a Dios, o a un
dios posible, puede equivocarse. ¿En qué
sentido sería, entonces, su no creencia en el cristianismo, una decisión moral?
Lewis utiliza fundamentalmente dos argumentos para defender
el cristianismo: el primero es una variante del argumento moral, como prueba de
la existencia de Dios, y el segundo, la gran estrella, es el así llamado
Trilema de Lewis, presunta prueba de la divinidad de Jesús. En las próximas
entradas analizaré detalladamente cada uno.
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